Talleres cuzqueños

Primera pista: Jean Baudrillard solía decir que el tiempo actual es el de una cultura “pornográfica”, manifestada en el hábito, harto generalizado, de mirar siempre, mirar todo y mirarlo yá o en el interés de pasar a la trastienda, de aumentar el alcance de la lente y ver cómo son las cosas por dentro.

Segunda pista: no ha de ser del todo casual que la modernidad haya elegido como uno de sus referentes prioritarios a las cadenas fabriles de montaje y, entre sus clásicos tips, la exhibición minuciosa y prolijamente secuencializada de los ensamblajes llevados a cabo en las plantas automovilísticas.

Tercera pista: como bien advertía Paul Virilio, todo invento conlleva su propio accidente, de allí que, en términos normales, hasta los más flamantes vehículos se deban a someter, luego de esperados ciclos de esplendor, al desgaste paulatino y a una inevitable penumbra final. Igual pues que los seres humanos, los automóviles van a parar en sus correspondientes cementerios.

De las pistas a las vistas: es en uno de esos lugares donde todo se recicla o repara, donde todo se deposita y descascara que Bustamante, cámara en mano, reivindica otros ciclos, insufla otros halos. Trabajo desarrollado en medio de una masa crítica de piezas caducas, de artefactos en desuso, de materias arrumadas que, vía el desmantelamiento y la oxidación, parecen tensarse entre el insospechado afán de desafiar a la naturaleza y la necesidad, menos digna, de rendirse ante ella.

Pero más que un convidado de piedra o un puro fisonomista de la ecología descrita, Bustamente se presta afectuosamente al diálogo con ese material y, de modo desenfadado, lo recupera para una dimensión cromáticamente brillante, excesiva hubiera dicho Deleuze. En contraste se nos atrae a zonas de total oscuridad y herméticos vacíos, haciendo que la fotografía se hermane con la pintura en el arte de cavar superficies.

En medio de esa suerte de grado cero del equipamiento, de suspension de la funcionalidad automotriz, es que Santiago yergue insospechados monumentos. Allí los grises, los lilas y los azules evocan paisajes lunares, acá los rojos, amarillos y anaranjados emergen festivos y carnalescos, cuando no despreocupada y lúdicamente infantiles. Quizá por eso algunas de sus imágenes sugieren que todo está, como en los filmes terroríficos, a punto de revitalizarse y así responder a su mecánica original. Invocación al fotógrafo, entonces, para que desactive el mortal congelamiento en que tales artefactos se encontraban sometidos y, cual demiurgo moderno, los haga renacer.

Julio Hevia Garrido Lecca

© Santiago Bustamante 2015