JUSTAMENTE, BUSTAMANTE

Una primera exploración al universo que Santiago Bustamante propone, nos haría enumerar muros y fachadas, registrar ingresos y salidas, certificar límites y controles. No hay allí pues, más anatomía que la del casco urbano, ni más sustancia que la de sus envolturas de metal y concreto. Así, habrán de aparecer, sucesivamente, sótanos, antesalas, corredores, estaciones, y también la trama silente que enhebran, por doquier, cables y tubos: terreno fecundo para la realización de escenas sub/terráneas o para el despliegue de anonimatos sub/reptantes. Infructuosa sería aquí, en consecuencia, la búsqueda de un rostro seductor, el rescate de un atuendo transparente, un mínimo arresto de humanidad.

Incluso, si ante el panorama mostrado acusamos la falta de agentes que circulen, no podremos negar la presencia, quizás inerte, de unos cuantos trechos por circular, de unas vías por donde todos transitan, de unos tiempos ajenos y binarizantes, que incluyen y excluyen, que engullen y devuelven a sus usuarios eventuales. Privado, entonces, de perfiles fisonómicos que identificar y de gestos expresivos que pretexten la interpelación, el espectador encuentra, al reverso y de soslayo, otras condiciones, otras distancias, otros marcos. Tales variantes quizá permitan apreciar al desnudo, casi en abstracto, las microarquitecturas que encajonan los encuentros diarios, los nichos públicos en que las existencias son circunscritas y las decisiones previstas.

La propia luz, no requerida de reflejarse en individuo alguno, se deslizará por los rincones, irá a refractarse en los umbrales o a detenerse en los portales: itinerario pródigo en sombras, plagado de esbozos, evocador de fantasmas. Y entre tanto terreno alumbrado, claro está, habrá que alumbrar también la insalvable cuadrícula del alambrado. Se diría que, a la manera de ciertas gráficas de corte ficcional y ánimo futurista, el astro rey fue aquí sustituido por el faro vigilante, por el tacho en el techo, por esa especie de revólver luminoso que ciega precisamente allí, donde ilumina. No es pues, el Dark side of the moom de aliento pinkfloydiano el que nos es mostrado aquí, sino el lado iluminado de la oscuridad, la domesticación que la transparenta, el testimonio de su constante detención.

En medio de tal ecología, surgen, naturales, los graffiti, aislando sus particulares marcas, estampándose como rúbricas, apostando a contener la atención de una mirada furtiva. Presentadas las propias cosas en su radical mudez o en su total opacidad, estás irán a componer piezas de las que los actores parecen haber huido o resultar prescindibles. Como en algunos frescos de Hooper, en estas imágenes emerge el retrato de una cita no asistida, la rítmica misma que una espera sin premuras, acompasa.

Sólo nos queda desear que Santiago siga jugando... fugando... hurgando hasta donde su astucia lo lleve: efecto de superación de unas apariencias siempre engañosas y acceso a la potencia que emana de las apariciones propiamente dichas. Luego pues, de acompañar el vaivén de un campo fotográfico donde lo luminoso amenaza con apagarse justo allí donde/cuando la oscuridad claudica, advertimos que Santiago, en vez de limitarse a una imagen justa, propone justo una imagen.

Julio Hevia Garrido Lecca

Agosto del 2001

© Santiago Bustamante 2015