Lima Blade Runner

 
 

En un pasaje de su novela Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa narra: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Casi cincuenta años después, otro Santiago recorre la madrugada limeña, premunido de una máquina fotográfica. No tiene tiempo de pensar que el Perú está jodido mientras repara en el valor estético de esta Lima espectral que muestra sus calles propias de un thriller. A primera vista su fotografía me hace recordar la pintura de Polanco, es el retrato de una Lima profunda que se carga de color. Pero es también como un cuadro de Caravaggio, que ante la incidencia de la luz muestra destacados claros sobre oscuros fondos. Un palimpsesto que, además, nos remite al mejor barroco andino, mundo complejo y contradictorio, pero saturado de color.

Pero también es el retrato de una ciudad que vive bajo la atmósfera permanente de nuestra neblina, humedecida por esa garúa que jamás será una lluvia, como nuestras calles parecen no querer ser ciudad, y como los edificios, siempre en construcción, que tampoco quieren ser arquitectura. Mientras tanto, las viejas estructuras heredadas del pasado se resisten a morir y están allí, añosas, desvencijadas, esperando el próximo terremoto. Es la escenografía montada sobre un territorio que tiene que cargar a sus espaldas una heredad milenaria, junto con la ambición hispánica y la intención republicana de ser modernos.

Llamar a todo esto marginalidad urbana es tal vez un eufemismo que se construye a partir de una imagen idílica e inexistente. Los retratos de Santiago Bustamante son Lima, la urbe, la metropolitana, la ciudad de la supervivencia, del migrante, de la invasión y la autoconstrucción. Pero es también la ciudad del emergente, del emprendedor, de aquel que ha decidido hacerse urbano sin abandonar del todo su esencia rural y campesina. Es esa ciudad fragmentada en su esencia, donde conviven en forma simultánea todos los rostros de un país multirracial y pluricultural que somos, que nos convierte en una suerte de ciudad Blade Runner, donde culturas, lenguas, testimonios del pasado, opciones modernas, ritos y mitos conviven en simultaneidad, presentando una escena urbana difícil de entender y ordenar para un urbanista ortodoxo, pero demasiado rica como experiencia estética.

Desde la cámara de Santiago se ve la ciudad de Lima con amor. ¿En qué momento se había “jodido” el Perú?

Enrique Bonilla Di Tolla