Lobitos Beach

 
 

Mutaciones metafísicas en color

 

Este libro es, ante todo, la historia de un hombre que prefiere transitar por los márgenes, por los extramuros del mundo, parafraseando al poeta. Para el héroe de este libro, las ovejas ya son demasiadas: los outsiders miramos la realidad desde fuera y la examinamos. Es una lucha de titanes nadar contra la corriente. Pero del dolor surge la belleza, los mundos nuevos, las dimensiones fantasmales, oscuras, relampagueantes, sanadoras, interpelantes, tornasoladas; las estructuras en carne viva, coloridas, que arrullan tanto a santos como a paganos, como cuando el mar mineraliza al humano que se adentra en él, caminando en la arena con pasos tormentosos, o con el sol en el pecho.

Este libro es, sobre todo, la historia de un hombre que prefirió registrar el alma de un pueblo a punto de desaparecer, o de renacer. Estoy en guerra contra lo obvio, dijo el legendario fotógrafo colorista estadounidense William Eggleston; y el autor de este libro hace suyo ese concepto evidente en sus fotos, que nos adentran en las mágicas fauces de Lobitos, pueblo encerrado en sí mismo.

En Lobitos las puertas se abren y se cierran solas: el viento serpentea como si fuese el espíritu del lujo que ahí se vivió, a inicios del siglo XX, en medio del desierto: clubes sociales, casas de madera de pino, una iglesia, un mercado, una sofisticada planta de desalinización, 250 pozos de petróleo y el primer cine de Sudamérica. Una maravilla del periodo industrial que se gestó cuando la Lobitos Oilfields Limited empezó a operar ahí, en 1905, a la altura del kilómetro 1147 de la Panamericana Norte, en un distrito escondido de la provincia de Talara (al lado del mar), en el departamento de Piura. Hoy, entre sus pobladores, circula una leyenda sobre una reina de Inglaterra quien lo visitó y que caminó por una alfombra tan larga que unía el muelle con la iglesia del primer campamento petrolero industrial del mundo.

Lobitos. La playa que silba. Lobitos. Pueblo aparte. Naturaleza agreste y fulgurante que se ríe en la cara de los que la quisieron domar; por más empresarios del petróleo y militares que la cementaron, enmaderaron y llenaron de infraestructuras, explotándolo todo una y otra vez, jamás dejó de expresarse, la Naturaleza, en sus rocas, en su mar, en su cielo, en sus cerros misteriosos, que mutan metafísicamente, dichosos en su impermanencia. Santiago Bustamante Mujica respondió a este guiño, desenfundó su Hasselblad X1D y descubrió los secretos de Lobitos caminando entre sus vísceras, o recorriendo su aura a bordo de un mototaxi, siempre en dirección a lo periférico. Y así empieza la historia del hombre que conversa con los fantasmas de la ciudad salada, que intercambia corazones, como pez en el agua. De esta manera surge este libro titulado Lobitos.

En El AntiEdipo. Capitalismo y esquizofrenia: obra escrita hace casi cinco décadas por Gilles Deleuze y Félix Guattari (producto de la reflexión directa del Mayo francés), los autores mencionan la línea de fuga como un acto de resistencia y afirmación; una línea de fuga permite una metamorfosis dentro del sistema, ser otro, revelarse contra lo dogmático, ser un esquizo en pos de la acción; y eso es algo que el sistema teme tanto como a la desterritorialización, la cual propone una suerte de anarquía ontológica.

Las líneas de fuga de Santiago Bustamante Mujica se pusieron de manifiesto incluso antes de descubrir la fotografía. Recuerda: “Mi primer acto rebelde fue salirme de la Universidad Católica, después de culminar los Estudios Generales Letras; concretamente, luego de una semana de haber empezado en la Facultad de Economía; me dije que no era para mí; tuve que romper con todas las presiones familiares para trasladarme a la Universidad de Lima y entrar en la Facultad de Comunicación; fue un cambio radical; ahí descubrí la fotografía”.

Comenzó con abstractos en blanco y negro, muy influido por dos grandes de la fotografía mundial, como los estadounidenses Aaron Siskind y Minor White; los claroscuros, los fuertes contrastes en sus fotos expresaban una disociación que nuestro artista empezaba a experimentar en su interior, y que se reforzaba con las fuertes discusiones políticas que presenciaba en casa. Hizo fotografía exclusivamente en blanco y negro durante siete años hasta convertirse, gracias a un pequeño laboratorio que montó en el garaje de su casa, en lo que los gringos denominan un Master black & White printer. Luego, en Nueva York,comenzó de cero exacerbando el color; práctica que lo hechizó de por vida hasta el punto de llegar a ser también un Master color printer tanto en el proceso analógico como en digital.

Según las propias palabras de Santiago, fueron “tres años intensos” los que vivió en Nueva York. Gracias al hecho de estudiar una maestría en Artes Visuales (MFA), con especialidad en Fotografía (Photography and Related Media) en la School of Visual Arts (SVA), conoció a muchos fotógrafos famosos, como Martin Parr y Alex Webb. Este último lo asesoró en su tesis junto con otro fotógrafo de trascendencia mundial, como Stephen Shore, pionero en la experimentación del color, con quien realizó un periplo, en el 2001, en el marco de una caza de imágenes en misteriosos territorios peruanos, como Nazca y Cuzco; un viaje iniciático que consolidaría la relación maestro-discípulo. Shore, es necesario agregar, fue un fotógrafo protagónico en The Factory de Andy Warhol. Santiago acota: “También tuve el gran honor de conversar con gente de la talla de mi ídolo Robert Frank, con William Eggleston –un importante fotógrafo estadounidense muy conocido por lograr el reconocimiento de la fotografía en color como modo de expresión digno de exponerse en las galerías de arte–, en la inauguración de su muestra en Chelsea”.

Un hecho que es importante subrayar, por la importancia en el devenir de la obra de nuestro artista, sucedió precisamente en Nueva York. En su primera clase con Stephen Shore, en la SVA, Santiago quedó impresionado con el trabajo de los alemanes Bernd & Hilla Becher –conocidos por sus series de imágenes de edificios y estructuras industriales– que mostró a los alumnos. La arquitectura que presentan tanto la pareja de fotógrafos alemanes como Shore, en encuadres perfectos, se impone en el paisaje; lo transforma en uno a menudo apocalíptico, futurista, expectante, desolado e incluso extraterrestre. Bustamante precisa: “Fue entonces cuando hice mis primeros nocturnos en color en barrios marginales cercanos a Manhattan, como en Queens por ejemplo donde vivía”.

Ya hemos hablado de la admiración de nuestro artista por el claroscuro; pero los nocturnos a los que Santiago hace referencia –Suburban Spaces (New York City, 2001)–, así como los que produjo tiempo después en California –Industria (California, 2004 )– sacan a relucir sus líneas preferidas de trabajo –o de fuga– que consolidarán el carácter de su obra: la inmensa importancia de lo Cromático, así como la debilidad por lo que el pintor expresionista peruano Enrique Polanco llamó La estética del abandono (cuando escribió sobre las fotos de Santiago en el libro que publicó el Fondo Editorial de la Universidad de Lima –donde nuestro artista labora como docente– titulado Nocturnos limeños, en octubre del 2018), en referencia a la arquitectura marginal limeña. Estos aspectos de su creación están presentes, por supuesto, también en Lobitos.

Pero es justamente en sus incursiones fotográficas pasadas, que podemos desentrañar el presente de su obra. Santiago precisó que se mudó a California para ejercer la docencia en un community college; y para la realización de la serie de nocturnos titulada “Industria” utilizó una cámara de placas. En “Industria” se ven fotos inmensas de fábricas que funcionan de noche, iluminadas con colores casi espaciales, que las hacen parecer gigantescos monstruos luminosos en medio de la oscuridad, emanadores de diversos colores de humo; hay una alusión al asunto ambiental, obviamente, dice Santiago. Y es que lo político, el activismo contrario al sistema atravesarán siempre sus creaciones, a veces de manera soterrada; a veces con estridencia, como sucedió sobre todo al inicio, cuando surcó las olas del fotoperiodismo.

En uno de sus retornos a Lima, se encontró nada menos que con una inmensa protesta contra la visita de Bush al Perú, en el 2002. Tomó cientos de fotos de aquella manifestación, que tenía como protagonista a la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) en la plaza San Martín; registró banderas estadounidenses con la esvástica superpuesta, con calaveras en vez de estrellas; fotografió a unas personas que cargaban y quemaban un ataúd de Bush; también una gran pared donde quienes protestaban hacían un grafiti que lo sorprendió sobremanera “por adelantarse a su época”; en las paredes, se podía leer: “La CIA voló las Torres Gemelas”. Esas fotos las pudo exponer solamente en dos lugares: en una galería de Manhattan llamada White Box; y en el controversial The Brecht Forum de Nueva York poco después del 11 de setiembre, dramático suceso que hizo que algunos estadounidenses “despertaran” y se preguntaran “¿Por qué eran odiados en muchos países del mundo?”, según Bustamante, que agrega: “Fueron imágenes bastante controversiales para esa época de miedo, de control de los medios; había miedo de opinar mal de la política de Bush”.

En relación con la trayectoria y las aventuras profesionales de Santiago Bustamante Mujica, se puede decir mucho más; prácticamente, hizo de todo fotográficamente hablando; solo añadiremos que su currículum es impresionante, e incluye labores de docencia en universidades en el extranjero, así como exposiciones en el Reino Unido, Suecia y el Perú, por supuesto; con su Hasselblad, ha recorrido ciudades estadounidenses y peruanas, como Lima, Cuzco y Tarapoto sin perder de vista las composiciones perfectas, la exacerbación del color, lo abstracto, el expresionismo, la arquitectura de lo marginal y decadente; en ocasiones acompañado hasta de dos guardaespaldas; a veces, doblegado por la ley.

Este libro es, principalmente, la historia de un hombre que “sin querer” empezó a fotografiar espacios marginales; y luego de un tiempo se dio cuenta de por qué lo hacía: “Me identifico con las estructuras decadentes; con las paredes descascaradas; con todas las cosas que están fuera de lo que conocemos como ‘ciudad’; con lo que está al margen. Descubrí que estos lugares coincidían con mis sentimientos…”.

La teoría de la Equivalencia formulada por Alfred Stieglitz (fotógrafo estadounidense que cobró relevancia a inicios del siglo XX) tiene mucho que ver con lo que expresa Santiago. Con un libro de Baudelaire en una mano y la cámara fotográfica en otra, Stieglitz se instaló en las orillas de un lago de Nueva York y se puso a fotografiar nubes, y se abstrajo de tal manera que sus miedos afloraron, sus alegrías, tristezas, sus emociones más escondidas; las nubes, ahora imágenes abstractas, imitaban su forma de sentir; surgen las equivalencias; el fotógrafo no es un mero registrador de algo que los demás han visto; y nuestro fotógrafo, en cuanto artista y poeta visual, es más bien como un chamán.

Para Claude Lévi-Strauss, según escribe en su libro Anthropologie structurale (1958), la cura del chamán consiste “en volver explícita una situación originariamente existente en el nivel emocional y en volver aceptable en el espíritu dolores que el cuerpo no quiere aceptar, provocando una experiencia mediante símbolos, es decir, equivalentes de las cosas, cargados de sentido, que pertenecen a otro orden de realidad”.

Y ahí tenemos al querido maestro y oficiante mayor habanero, don José Lezama Lima, para acercar la figura de Rimbaud a la del chamán. En su libro El reino de la imagen (1955), el poeta, novelista, cuentista, ensayista y pensador estético cubano dijo lo siguiente: “De esa manera, Rimbaud en sus fragmentos totalizadores, no es tan solo el vigoroso empujón a la metáfora y a la penetración en la región del incesante nacimiento de las cascadas y de las casas arquetípicas, despertadas en esa nueva tierra de la poesía, al adquirir sus dominios soterrados, sino el hijo secreto del hechicero, que a hurtadillas pronuncia sílabas para las consejas, superiores a las de su padre, y estructuradas para que las enfermedades no se aposenten, con más brevedad y fortuna de toques, que la curación del jefe de la tribu por el venerable y centenario hechicero”.

El mismo Rimbaud, en sus Cartas del vidente (1871), dice algo al respecto: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”.

¿Y qué es lo que nos hace ver el fotógrafo peruano Santiago Bustamante Mujica, en Lobitos?

En las secciones “Pueblo” y “Barrio Inglés”, somos testigos de un documental muy subjetivo/expresivo en el que todo fulgura a las cinco de la tarde, “la hora mágica”, cuando siempre brilla el sol, Xanadú, chalets de madera con techos a dos aguas que recuerdan New Orleans, antes habitados por trabajadores petroleros, ahora revividos por surfers o iglesias evangélicas.

En “Playa” el reflejo del cielo en el mar muestra una excitación de colores; la arena superficie lunar ofrece rostros; la psicodelia nos traslada a la espiritualidad del arte, o la cinematografía de Oliver Stone o Wim Wenders. En “Pesca” los pescados son de otro universo y nos cuentan una historia, mientras son acuchillados en el ojo por los pescadores.

“La serie mística” y “Paisajes” presentan cuadros rabiosa y orgánicamente abstractos según como se los miren; y también nos miran, los cuadros; o la tierra viva y corpórea, claroscura, la tierra, animales-fortaleza, animales de un futuro prehistórico, míticos. En “Cementerio” las tumbas de los ingleses emergen de la tierra: SACRED TO THE MEMORY OF JAMES HIPPS BOOTH. DIED FEBRUARY 15 TH. 1925. AGED 65 YEARS. En “Ruinas” los ladrillos se deshacen, se encienden y se apagan, forman ruinas romanas y totémicas, y una piscina anuncia que la fiesta terminó hace decenas de años.

“Petróleo” y “Contenedores ingleses” representan la estructura del sistema en decadencia, pero funcional, sigiloso; un cohete que nunca va a despegar; bases colapsadas muestran sus entrañas experimentales; y robots se resignan a ser esclavizados.

Lo expresionista y lo abstracto se vuelven a mezclar en “Detalles y abstractos” y en “Superficies y texturas”; y pareciéramos estar inmersos en una guerra japonesa, donde hay infierno y belleza celestial. “La serie dorada” cierra el libro fulgurosamente, y los colores vuelven a estallar descascarados, escamosos, acuarelosos, revueltos vertiginosamente.

El 22 de abril del 2014, Santiago Bustamante Mujica escribió lo siguiente en sus apuntes:

  • 1. Encontrar belleza donde otros jamás la buscarán
  • 2. Ordenar el caos mediante la composición
  • 3. Convertir lo ordinario en extraordinario
  • 4. Luchar contra lo obvio

Meses después, en las siguientes páginas, anotó:

“En los últimos días, he estado pensando en tres valores importantes: en primer lugar, en la real importancia del DAR, en todo el sentido de la palabra; en segundo lugar, en lo esencial que resulta SER AMABLE con el prójimo en general, ya sea conocido o desconocido; finalmente, pensaba en lo trascendente que es AGRADECER, también en todas sus posibles dimensiones. Creo que estas tres pequeñas ideas son fundamentales en la vida de cualquier buena persona”.

Lobitos es la historia de un hombre que prefiere transitar por los márgenes, por los extramuros del mundo, pero que también ilumina nuestras almas.

Con toda la oscuridad que ello implica.

Yendo varios pasos más allá en las inter-dimensiones de su obra. Y la fotografía.

 
GABRIEL GARGUREVICH PAZOS
Journalist and writer